viernes, 3 de septiembre de 2010

Ráfagas

    Buenos días, me llamo Hormig, vivo debajo de un geranio, tengo un mini hormiguero, me metí en una hipoteca y conseguí mi casita. La verdad es que estoy en un buen momento de mi vida, el trabajo se me respeta, quiero decir que no formo parte de las estadísticas del paro, de los peor parados dentro de las mismas. Tengo novia, pero la pobre anda así así, porque su padre está chunguito, nada cosa de una enfermedad bien diagnosticada pero no justamente tratada, el pobre se tuvo que ir al médico privado y menos mal porque le confirmaron los pronósticos con prontitud, en la sanidad pública lo mandaban para casa con su problema y hasta tres meses después no le daban cita con el especialista, el urólogo. Al final, cáncer de próstata con diagnóstico de operación inmediata necesaria.
    Vaya una traicionera la vida, el pobre, después de haber terminado con su hipoteca, después de haberse jubilado tras cincuenta años dándole al rodillo, van y le descubren por casualidad este cáncer entrometido.
    Yo estoy en una buena época, pero ya me estoy preparando porque la vida son dos días y en cuanto te descuidas aparece un hecho que te fastidia el tercio de la misma con visitas forzadas al hospital.

¡Ay! qué pena tengo.
Que ya vivo con la certidumbre de que la vida tiene sus contrastes
Que sea hormiga, sea paloma, no importa el tamaño de mi cuerpo
la intensidad del dolor es igual de grande en todos los casos.
Y lo que antes pensaba que podía ser
ahora sé que tarde o temprano será.

    No, no soy ninguna hormiga,
 no soy nadie importante más que para los míos,
que ya es bastante.
Pero la pena,
la pena grande y pesada,
la pena que te paraliza y te frena,
que te atonta y te golpea y te quema por dentro el alma...
Esa pena está presente, esa pena vive en mi misma casa,
duerme bajo el mismo techo
 y se baña conmigo cuando busco alejarme del pensamiento cuerdo
cuando sólo ansío flotar sintiéndome libre por dentro.

    Yo veo a los jóvenes, a los que empiezan a caminar en libertad y no puedo dejar de pensar que yo ya estoy lejos, que ya soy demasiado consciente. Y quisiera decirles que lo vivieran al máximo, que disfrutaran correctamente para que cuando la vida les avance a otro capítulo tengan ese recuerdo de felicidad intacta, cuando vivían inconscientes de los riesgos, cuando fumaban porque era una manera de sentirse más cerca de los demás, absurdamente, cuando se preocupaban de que el pelo estuviera en su sitio con kilos y kilos de gomina transparente. Y escucho sus risas, y digo qué bien, ojalá no fumaran por mera imitación, pero qué bien, qué bien que viven su momento felices. Habrá una madre preocupada por su comida, un padre que pensará en su futuro, una abuela que le preparará un vaso de leche fresca. Pero ellos, ellos estudiarán lo que tengan que estudiar, y llorarán cuando tengan que llorar, pero disponen de una frescura intacta y energética que ojalá fuera contagiosa.

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