¿Y a quién le importa lo que yo escriba? ¿y por qué no va a interesar a alguien?
El aire que siento alrededor de mi cuerpo me recuerda que estoy viva, siento aire porque estoy escribiendo a su son, bajo cielo abierto, con nubes invisibles, con cantos lejanos de niños que juegan en las calles, madres que pasean, enamorados que se cogen de las manos con ilusión renovada por el nuevo día. Hoy es día de sombras. No hay más que hablar.
Eso me da derecho a escribir, a expulsar al monstruo, a reírme con el rey de mi vida, a corazón abierto, con ganas de vivir porque si no habría dejado de respirar hace tiempo.
Especialmente reconfortada por el canto de mis hijos que juegan con los miles de juguetes que les he esparcido en la terraza, quien dice miles dice un montón de ellos. Supongo que no me puedo sentir mejor viendo a mis zapatillas hechas polvo reposando su vejez en el poyete de la ventana. Es la sensación de sentir la brisa y querer decir algo, o más bien escribirlo, de recordarme lo afortunada que soy, de querer ser consciente de ello, y sin embargo el aire no me devuelve a mi estado de equilibrio, algo se está moviendo por dentro y no es cosa de digestiones mal llevadas, tiene que ver con el recuerdo.
Me gustaría contarlo pero no quiero parecer cansina, escribo aquí porque necesito huir de otro lugar. Si alguien lee ésto no creo que me conozca, no lo hará por lo menos porque yo le haya hecho llegar hasta aquí, he decidido no publicitar su existencia, lo sé yo y basta.
No es que no quiera que nadie me lea, necesito contar, hablar de ello, pero es verdad que he escrito muchas veces sobre ellas, tantas que me da la sensación de que puedo resultar pesada, demasiado llorona. Sí, objetivamente no ha pasado tanto, bueno ha pasado mucho pero podría escribirlo en una línea...mi hermana murió con 19 años estando ingresada en un centro psiquiátrico, mi madre murió de cáncer once años después, mi primer matrimonio fue un fracaso absoluto antes incluso de que me pusiera el anillo, yo...
¿Ya has escrito tu línea asignada? Te pasaste, más de dos líneas y no ha servido de nada porque tienes necesidad de llorar mucho, aunque ya hayan pasado casi veinte años de la primera desgracia familiar. Sí, es cuestión de relativizar, de ver que no eres la única sufridora del mundo, pero aún así tengo necesidad de escribirlo de vez en cuando. Tal vez hasta que no lo cuente todo, tal vez porque todavía no lo sé todo, es posible que poco a poco con mi vejez envejezca el dolor y muera antes que yo y consiga ser una viejecita libre de molestias dolorosas.
Bueno, no pasa nada, gritaré y gritaré y al dolor espantaré. Ya sé, las cosas del alma no se resuelven con gritos, son la caricias las que pueden mitigar molestias, incluso la risa, la espontánea o la que crece y crece y se vuelve loca y pareces una loca desconocida cuya voz se deforma por la emoción hermosa. Sé que yo soy de otra pasta, no, nada que ver con el mundo taurino, yo soy frágil como una copa de cristal, o como los pétalos de rosa. Soy de una pasta terriblemente emocional, empática en exceso, llorona facilona, actriz.
Sólo he contado parte, apenas la línea que da forma al círculo pero ésto no es sólo cosa plana sino multidimensional, tanto como lo son las lágrimas de colores que salen de las rosas cuando alguien egoístamente se las llevó a casa en un jarrón. No es círculo sino esfera, no es vacío sino lleno infinito. Mi mente está tan absolutamente llena de neuronas alocadas e influidas por el dolor que parecen embriagadas de un alcohol envenenado que sólo encuentran tranquilidad en los actos de expulsión, un vómito agridulce que me reboza de esperanza y me permite estar aquí entretenida con las letritas que al bailar forman palabras y que con la música del corazón acaban encadenándose sin demasiada dirección.
¡Ay, me voy a preparar la cena de mis niños!
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