viernes, 3 de septiembre de 2010

Aire

¿Y a quién le importa lo que yo escriba? ¿y por qué no va a interesar a alguien?
El aire que siento alrededor de mi cuerpo me recuerda que estoy viva, siento aire porque estoy escribiendo a su son, bajo cielo abierto, con nubes invisibles, con cantos lejanos de niños que juegan en las calles, madres que pasean, enamorados que se cogen de las manos con ilusión renovada por el nuevo día. Hoy es día de sombras. No hay más que hablar.
Eso me da derecho a escribir, a expulsar al monstruo, a reírme con el rey de mi vida, a corazón abierto, con ganas de vivir porque si no habría dejado de respirar hace tiempo.
    Especialmente reconfortada por el canto de mis hijos que juegan con los miles de juguetes que les he esparcido en la terraza, quien dice miles dice un montón de ellos. Supongo que no me puedo sentir mejor viendo a mis zapatillas hechas polvo reposando su vejez en el poyete de la ventana. Es la sensación de sentir la brisa y querer decir algo, o más bien escribirlo, de recordarme lo afortunada que soy, de querer ser consciente de ello, y sin embargo el aire no me devuelve a mi estado de equilibrio, algo se está moviendo por dentro y no es cosa de digestiones mal llevadas, tiene que ver con el recuerdo.
    Me gustaría contarlo pero no quiero parecer cansina, escribo aquí porque necesito huir de otro lugar. Si alguien lee ésto no creo que me conozca, no lo hará por lo menos porque yo le haya hecho llegar hasta aquí, he decidido no publicitar su existencia, lo sé yo y basta.
No es que no quiera que nadie me lea, necesito contar, hablar de ello, pero es verdad que he escrito muchas veces sobre ellas, tantas que me da la sensación de que puedo resultar pesada, demasiado llorona. Sí, objetivamente no ha pasado tanto, bueno ha pasado mucho pero podría escribirlo en una línea...mi hermana murió con 19 años estando ingresada en un centro psiquiátrico, mi madre murió de cáncer once años después, mi primer matrimonio fue un fracaso absoluto antes incluso de que me pusiera el anillo, yo...
    ¿Ya has escrito tu línea asignada? Te pasaste, más de dos líneas y no ha servido de nada porque tienes necesidad de llorar mucho, aunque ya hayan pasado casi veinte años de la primera desgracia familiar. Sí, es cuestión de relativizar, de ver que no eres la única sufridora del mundo, pero aún así tengo necesidad de escribirlo de vez en cuando. Tal vez hasta que no lo cuente todo, tal vez porque todavía no lo sé todo, es posible que poco a poco con mi vejez envejezca el dolor y muera antes que yo y consiga ser una viejecita libre de molestias dolorosas.
    Bueno, no pasa nada, gritaré y gritaré y al dolor espantaré. Ya sé, las cosas del alma no se resuelven con gritos, son la caricias las que pueden mitigar molestias, incluso la risa, la espontánea o la que crece y crece y se vuelve loca y pareces una loca desconocida cuya voz se deforma por la emoción hermosa. Sé que yo soy de otra pasta, no, nada que ver con el mundo taurino, yo soy frágil como una copa de cristal, o como los pétalos de rosa. Soy de una pasta terriblemente emocional, empática en exceso, llorona facilona, actriz.
    Sólo he contado parte, apenas la línea que da forma al círculo pero ésto no es sólo cosa plana sino multidimensional, tanto como lo son las lágrimas de colores que salen de las rosas cuando alguien egoístamente se las llevó a casa en un jarrón. No es círculo sino esfera, no es vacío sino lleno infinito. Mi mente está tan absolutamente llena de neuronas alocadas e influidas por el dolor que parecen embriagadas de un alcohol envenenado que sólo encuentran tranquilidad en los actos de expulsión, un vómito agridulce que me reboza de esperanza y me permite estar aquí entretenida con las letritas que al bailar forman palabras y que con la música del corazón acaban encadenándose sin demasiada dirección.

¡Ay, me voy a preparar la cena de mis niños!
   

Ráfagas

    Buenos días, me llamo Hormig, vivo debajo de un geranio, tengo un mini hormiguero, me metí en una hipoteca y conseguí mi casita. La verdad es que estoy en un buen momento de mi vida, el trabajo se me respeta, quiero decir que no formo parte de las estadísticas del paro, de los peor parados dentro de las mismas. Tengo novia, pero la pobre anda así así, porque su padre está chunguito, nada cosa de una enfermedad bien diagnosticada pero no justamente tratada, el pobre se tuvo que ir al médico privado y menos mal porque le confirmaron los pronósticos con prontitud, en la sanidad pública lo mandaban para casa con su problema y hasta tres meses después no le daban cita con el especialista, el urólogo. Al final, cáncer de próstata con diagnóstico de operación inmediata necesaria.
    Vaya una traicionera la vida, el pobre, después de haber terminado con su hipoteca, después de haberse jubilado tras cincuenta años dándole al rodillo, van y le descubren por casualidad este cáncer entrometido.
    Yo estoy en una buena época, pero ya me estoy preparando porque la vida son dos días y en cuanto te descuidas aparece un hecho que te fastidia el tercio de la misma con visitas forzadas al hospital.

¡Ay! qué pena tengo.
Que ya vivo con la certidumbre de que la vida tiene sus contrastes
Que sea hormiga, sea paloma, no importa el tamaño de mi cuerpo
la intensidad del dolor es igual de grande en todos los casos.
Y lo que antes pensaba que podía ser
ahora sé que tarde o temprano será.

    No, no soy ninguna hormiga,
 no soy nadie importante más que para los míos,
que ya es bastante.
Pero la pena,
la pena grande y pesada,
la pena que te paraliza y te frena,
que te atonta y te golpea y te quema por dentro el alma...
Esa pena está presente, esa pena vive en mi misma casa,
duerme bajo el mismo techo
 y se baña conmigo cuando busco alejarme del pensamiento cuerdo
cuando sólo ansío flotar sintiéndome libre por dentro.

    Yo veo a los jóvenes, a los que empiezan a caminar en libertad y no puedo dejar de pensar que yo ya estoy lejos, que ya soy demasiado consciente. Y quisiera decirles que lo vivieran al máximo, que disfrutaran correctamente para que cuando la vida les avance a otro capítulo tengan ese recuerdo de felicidad intacta, cuando vivían inconscientes de los riesgos, cuando fumaban porque era una manera de sentirse más cerca de los demás, absurdamente, cuando se preocupaban de que el pelo estuviera en su sitio con kilos y kilos de gomina transparente. Y escucho sus risas, y digo qué bien, ojalá no fumaran por mera imitación, pero qué bien, qué bien que viven su momento felices. Habrá una madre preocupada por su comida, un padre que pensará en su futuro, una abuela que le preparará un vaso de leche fresca. Pero ellos, ellos estudiarán lo que tengan que estudiar, y llorarán cuando tengan que llorar, pero disponen de una frescura intacta y energética que ojalá fuera contagiosa.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Se venden historias

    Monetarizarlo todo, qué triste. Pues sí, pero todo tiene un precio. Yo cuento historias, es lo que sé hacer, dicen que lo hago bien. Veo el lado más emotivo, demasiada lágrima fácil, llorar es bueno. Por lo del desahogo. Te vendo una historia. La tuya. Me cuentas y yo te la escribo. Yo te capto y te fotografío, te escribo el hecho feliz, o el hecho triste, o lo que pasó aquel día cuando todo parecía que iba genial pero en el submundo oscuro de las sorpresas se apagó la luz y sonó el teléfono.
    ¡Cómo te atreves a pedir un duro por un cuento! Pero si te salen solos, bueno, no tanto, es verdad que necesitas saber lo que ocurrió y qué pasó con ella, o con él, o qué es lo que más le gusta, o lo que menos. También necesitas inspiración, y es gratuita no lo olvides. ¿Qué precio tiene que alguien te escriba eso que tú y sólo tú sabes que pasó? ¿Qué valor tiene un regalo para tu padre, o madre, o pareja querida consistente en un texto precioso o no tan precioso relacionado con su vida y por tanto con tu vida?